
Marin Mersenne, Marin Mersennus o le Père Mersenne (8 de septiembre de 1588 - 1 de septiembre de 1648) fue un filósofo francés del siglo XVII que estudió diversos campos de la teología, las matemáticas y la teoría musical.
Nacido en una familia de campesinos cerca de Oizé (hoy Sarthe), en la provincia francesa de Maine, fue educado en Le Mans y en el colegio jesuita de La Flèche, donde coincidió con René Descartes, pero es sumamente improbable que su amistad provenga de esos años, porque se llevaban ocho años. Aunque en ocasiones se afirma que fue jesuita, lo cierto es que nunca llegó a ingresar en la Compañía de Jesús. El 17 de julio de 1611 se hizo miembro de los Mínimos dedicándose al estudio de la teología y el hebreo. Después de este período recibió la ordenación sacerdotal en París en 1613.
Tras su consagración estuvo un tiempo enseñando filosofía y teología en Nevers, pero en 1619 regresó a París, siendo destinado al convento de L'Annonciade. En compañía de personajes como Étienne Pascal y Gilles de Robeval, estudió matemáticas y música. Durante la estancia de Descartes en Holanda, Mersenne fue su principal corresponsal y su intermediario con los sabios de la época. Desde 1620 hasta 1623 se dedicó exclusivamente a escribir en materia de filosofía y teología, y en 1623 publicó Quaestiones celeberrimae in Genesim, a la que rápidamente siguieron otras obras como L'Impieté des déistes (1624) y La Vérité des sciences (La verdad en las ciencias) (1624).
Nacido en una familia de campesinos cerca de Oizé (hoy Sarthe), en la provincia francesa de Maine, fue educado en Le Mans y en el colegio jesuita de La Flèche, donde coincidió con René Descartes, pero es sumamente improbable que su amistad provenga de esos años, porque se llevaban ocho años. Aunque en ocasiones se afirma que fue jesuita, lo cierto es que nunca llegó a ingresar en la Compañía de Jesús. El 17 de julio de 1611 se hizo miembro de los Mínimos dedicándose al estudio de la teología y el hebreo. Después de este período recibió la ordenación sacerdotal en París en 1613.
Tras su consagración estuvo un tiempo enseñando filosofía y teología en Nevers, pero en 1619 regresó a París, siendo destinado al convento de L'Annonciade. En compañía de personajes como Étienne Pascal y Gilles de Robeval, estudió matemáticas y música. Durante la estancia de Descartes en Holanda, Mersenne fue su principal corresponsal y su intermediario con los sabios de la época. Desde 1620 hasta 1623 se dedicó exclusivamente a escribir en materia de filosofía y teología, y en 1623 publicó Quaestiones celeberrimae in Genesim, a la que rápidamente siguieron otras obras como L'Impieté des déistes (1624) y La Vérité des sciences (La verdad en las ciencias) (1624).
Hay unos números primos denominados "de Mersenne":
"Se dice que un número M es un número primo de Mersenne si es primo y M+1 es una potencia de 2. Así, 7 es un primo de Mersenne (7 + 1 = 8 = 2³, y 7 es primo), pero 13 no lo es (por no ser 14 una potencia de 2) y 15 tampoco lo es (por no ser un número primo), a pesar de ser 16=(15+1) potencia de dos .
Se denominan así en memoria Mersenne quien en su Cognitata Physico-Mathematica realizó una serie de postulados sobre ellos que sólo pudo refinarse tres siglos después. Los ocho primeros números primos de Mersenne son:
Se denominan así en memoria Mersenne quien en su Cognitata Physico-Mathematica realizó una serie de postulados sobre ellos que sólo pudo refinarse tres siglos después. Los ocho primeros números primos de Mersenne son:
3, 7 , 31 , 127, 8191, 131071, 524287, 2147483647
Marin Mersenne fue el monje que inventó la "comunidad científica"
Investigó sobre péndulos, el sonido, números primos... pero, sobre todo, fomentó en los hombres de ciencia la conciencia de compartir conocimientos.
En nuestra sociedad competitiva, llama la atención la idea de "comunidad científica", la conciencia de que los descubrimientos y conocimientos "deben circular", de que pertenecen al hombre y es tarea de los hombres de ciencia compartir datos y trabajar juntos.
Esta conciencia no siempre existió. Hace unos siglos, en una sociedad de artesanos organizados en gremios, en que los maestros transmitían sus secretos sólo a fieles aprendices no era común tal conciencia. Hombres como el monje Marin Mersenne la crearon.
No es infrecuente encontrar a personas que se enorgullecen de haber compartido aula con personajes ilustres. Marin Mersenne podía ufanarse de haber sido compañero de estudios de René Descartes en el colegio de los jesuitas de La Flêche, si bien en este caso la admiración era mutua, como lo atestigua la abundante correspondencia que mantuvieron ambos durante toda la vida.
Mersenne, tras su paso por La Flêche, la Sorbona y el Collage de France, decidió abrazar la vida religiosa, ingresando en la orden de los Mínimos, fundada por San Francisco de Paula.
Se entregó por completo a la observancia de los consejos evangélicos y los compatibilizó con su pasión por la ciencia experimental y exacta.
El P. Mersenne hizo aportaciones muy valiosas a la ciencia al enunciar leyes pendulares y oscilatorias vigentes hasta nuestros días.
También fueron muy importantes sus observaciones sobre la propagación del sonido: el sonido se propaga a la misma velocidad independientemente de la fuente que lo origine o de la dirección en que se propague.
En matemáticas no destacó por sus descubrimientos, sino por la introducción de los hoy llamados “números primos de Mersenne”, que antes se explicó,
Sus descubrimientos ya le habrían valido para inscribir su nombre en la historia de la ciencia, pero es por otro motivo por el que se le reserva un lugar privilegiado en la memoria científica.
Los historiadores reconocen de manera unánime la importancia que tuvo para el desarrollo de las ciencias la abundante correspondencia que mantuvo el P. Mersenne con sus contemporáneos.
Enemigo del secretismo y de los círculos excluyentes, se empeñó en que toda la comunidad científica compartiera sus logros y resultados para alcanzar así un mayor desarrollo. Su actitud le valió algunos detractores, pero ha sido de incalculable valor para la ciencia, ya que se inició una tradición de “compartir conocimiento” que todavía hoy perdura en forma de revistas especializadas, congresos, sociedades y academias.
El P. Mersenne tenía una celda en el convento situado en pleno París. En ese espacio, forzosamente reducido, empezaron a aglutinarse en torno a él hombres de ciencia de toda Francia, dispuestos a compartir sus conocimientos y poner la ciencia al servicio de la verdad. Entre los que formaron este selecto círculo se encuentran Roberval, Descartes, Gassendi y Pascal.
En un principio, el grupo se llamaba Academia Mersenne, si bien al incorporarse al grupo Dupuy pasó a llamarse Academia Parisiensis. Aquello resultó ser la primera materialización de un gran sueño que compartían todos: la agrupación de los sabios de todas las disciplinas y la mutua colaboración entre ellos.
El pequeño proyecto inicial, incubado en la modesta celda de un fraile mínimo, fue adquiriendo envergadura hasta alcanzar suficiente prestigio como para que Colbert hiciera de ella en 1666 una institución oficial: la Academia de las Ciencias de Francia.
Junto al P. Mersenne se reunían los hombres más cultos de Francia y, como no podía ser de otra manera, también fueron incorporándose prestigiosos científicos extranjeros. De entre ellos surgieron los primeros miembros de la Royal Society de Londres, que venía a ser como la Academia francesa aunque sin adoptar ese título.
El P. Mersenne logró su sueño de que los científicos se reunieran y compartieran sus experiencias en una época en la que las comunicaciones eran difíciles. No había aviones que sobrevolaran una Europa sin fronteras, sino carruajes que traqueteaban por una Europa dividida por las guerras.
No había emails sino tinta, papel y un esforzado servicio de correos. No había World Wide Web, sino pesados libros impresos con la nueva técnica de Gutemberg. Aún así se logró el objetivo. ¿Cuánto más estamos obligados nosotros a ello con todos los medios que se nos brindan?
En nuestra sociedad competitiva, llama la atención la idea de "comunidad científica", la conciencia de que los descubrimientos y conocimientos "deben circular", de que pertenecen al hombre y es tarea de los hombres de ciencia compartir datos y trabajar juntos.
Esta conciencia no siempre existió. Hace unos siglos, en una sociedad de artesanos organizados en gremios, en que los maestros transmitían sus secretos sólo a fieles aprendices no era común tal conciencia. Hombres como el monje Marin Mersenne la crearon.
No es infrecuente encontrar a personas que se enorgullecen de haber compartido aula con personajes ilustres. Marin Mersenne podía ufanarse de haber sido compañero de estudios de René Descartes en el colegio de los jesuitas de La Flêche, si bien en este caso la admiración era mutua, como lo atestigua la abundante correspondencia que mantuvieron ambos durante toda la vida.
Mersenne, tras su paso por La Flêche, la Sorbona y el Collage de France, decidió abrazar la vida religiosa, ingresando en la orden de los Mínimos, fundada por San Francisco de Paula.
Se entregó por completo a la observancia de los consejos evangélicos y los compatibilizó con su pasión por la ciencia experimental y exacta.
El P. Mersenne hizo aportaciones muy valiosas a la ciencia al enunciar leyes pendulares y oscilatorias vigentes hasta nuestros días.
También fueron muy importantes sus observaciones sobre la propagación del sonido: el sonido se propaga a la misma velocidad independientemente de la fuente que lo origine o de la dirección en que se propague.
En matemáticas no destacó por sus descubrimientos, sino por la introducción de los hoy llamados “números primos de Mersenne”, que antes se explicó,
Sus descubrimientos ya le habrían valido para inscribir su nombre en la historia de la ciencia, pero es por otro motivo por el que se le reserva un lugar privilegiado en la memoria científica.
Los historiadores reconocen de manera unánime la importancia que tuvo para el desarrollo de las ciencias la abundante correspondencia que mantuvo el P. Mersenne con sus contemporáneos.
Enemigo del secretismo y de los círculos excluyentes, se empeñó en que toda la comunidad científica compartiera sus logros y resultados para alcanzar así un mayor desarrollo. Su actitud le valió algunos detractores, pero ha sido de incalculable valor para la ciencia, ya que se inició una tradición de “compartir conocimiento” que todavía hoy perdura en forma de revistas especializadas, congresos, sociedades y academias.
El P. Mersenne tenía una celda en el convento situado en pleno París. En ese espacio, forzosamente reducido, empezaron a aglutinarse en torno a él hombres de ciencia de toda Francia, dispuestos a compartir sus conocimientos y poner la ciencia al servicio de la verdad. Entre los que formaron este selecto círculo se encuentran Roberval, Descartes, Gassendi y Pascal.
En un principio, el grupo se llamaba Academia Mersenne, si bien al incorporarse al grupo Dupuy pasó a llamarse Academia Parisiensis. Aquello resultó ser la primera materialización de un gran sueño que compartían todos: la agrupación de los sabios de todas las disciplinas y la mutua colaboración entre ellos.
El pequeño proyecto inicial, incubado en la modesta celda de un fraile mínimo, fue adquiriendo envergadura hasta alcanzar suficiente prestigio como para que Colbert hiciera de ella en 1666 una institución oficial: la Academia de las Ciencias de Francia.
Junto al P. Mersenne se reunían los hombres más cultos de Francia y, como no podía ser de otra manera, también fueron incorporándose prestigiosos científicos extranjeros. De entre ellos surgieron los primeros miembros de la Royal Society de Londres, que venía a ser como la Academia francesa aunque sin adoptar ese título.
El P. Mersenne logró su sueño de que los científicos se reunieran y compartieran sus experiencias en una época en la que las comunicaciones eran difíciles. No había aviones que sobrevolaran una Europa sin fronteras, sino carruajes que traqueteaban por una Europa dividida por las guerras.
No había emails sino tinta, papel y un esforzado servicio de correos. No había World Wide Web, sino pesados libros impresos con la nueva técnica de Gutemberg. Aún así se logró el objetivo. ¿Cuánto más estamos obligados nosotros a ello con todos los medios que se nos brindan?
Murió después de una serie de complicaciones que se derivaron de una intervención quirúrgica. En su testamento vital, pidió que su cuerpo fuera sometido a autopsia como último servicio al interés de la ciencia.



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