jueves, 15 de enero de 2009

Grandes observadores. Miradas que abrieron el cielo


El extraordinario avance que supuso, a mediados del siglo XVI, el modelo del astrónomo polaco Nicolás Copérnico situando al Sol en el centro del Universo y revelando cómo se mueven los planetas no explicaba, sin embargo, por qué se mueven. Seguía haciendo falta no solo una difusión generalizada del nuevo modelo heliocéntrico, sino también un fundamento físico real para la visión del Cosmos. A lo largo de la segunda mitad de ese siglo XVI y los primeros años del XVII, la labor observacional de Tycho Brahe (1546-1601); las leyes del movimiento planetario elaboradas por Johannes Kepler (1571-1630) basándose en las mediciones de Brahe; y el empleo del telescopio por parte de Galileo Galilei (1564-1642) configurarían el fundamento de la transformación de la astronomía.
Solo tres años después de la muerte de Copérnico, nacía en Dinamarca Tycho Brahe. Gracias a sus observaciones de una estrella que apareció en la constelación de Casiopea en 1572 y, sobre todo, del gran cometa de 1577, Tycho comenzó a cuestionarse la noción aristotélica de la inmutabilidad de los cielos, publicando textos en los que afirmaba la naturaleza celeste de ambos objetos. Debido a estos trabajos y a su influencia en la corte de Federico II de Dinamarca, Tycho consiguió instalar en la isla de Hven, en 1576, el que sería el primer gran observatorio astronómico del Renacimiento europeo: Uraniborg. Durante veinte años, Brahe y sus asistentes realizaron la más completa y exacta serie de observaciones del firmamento hasta entonces, con especial incidencia en las posiciones y movimientos de los planetas. Perfeccionaron los instrumentos de observación astronómica existentes e inventaron otros nuevos, hasta llegar a unos grados de refinamiento que permitieron alcanzar gran precisión en las medidas del cielo. En 1597, Brahe se vio forzado a dejar su isla debido a la falta de patrocinio de la corte danesa y se estableció en Praga en 1599. El mismo año en que Tycho abandonó Hven, recibió la copia de un libro –‘Misterio Cosmográfico’– en el que un joven matemático alemán, Johannes Kepler, exponía sus teorías acerca de la concepción del mundo basadas en las relaciones geométricas entre las órbitas planetarias. Kepler empezó a trabajar como discípulo de Tycho en Praga y, a la muerte de este en 1601, fue nombrado su sucesor, cargo que ocupó hasta 1612. En este tiempo, y fundándose en las detalladas observaciones de Tycho, llegó a la conclusión de que las órbitas planetarias no son circulares, sino elípticas, postulando así la que sería la primera de sus famosas tres leyes del Movimiento Planetario. Contemporáneo de Tycho y Kepler, la figura del matemático y físico italiano Galileo Galilei cierra esta tríada de científicos renacentistas que transformaron la astronomía en el siglo XVI. Profesor de matemáticas, en 1609 Galileo tuvo noticias de un invento holandés consistente en un tubo con lentes de cristal que amplificaba el tamaño de los objetos lejanos y que empezaba a ser conocido por su evidente utilidad: el telescopio.
Cuando, a finales de 1609, Galileo orientó su telescopio hacia el cielo, la astronomía experimentó la mayor revolución de su historia: el Universo observable, de repente, se ampliaba hasta límites insospechados, apareciendo nuevos astros y discerniendo detalles antes invisibles a simple vista. A partir de Galileo, el cielo ya no sería nunca más el mismo, pues con el uso de telescopios cada vez más potentes, fue posible ver objetos antes invisibles y desconocidos. En este Año Internacional de la Astronomía, 400 años después conmemoramos el hito de Galileo, que abrió un nuevo Universo y cambió nuestro concepto del mundo.

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