
Teófilo Brezmes, vallisoletano, profesor titular del departamento de Estadística de la Universidad de Oviedo, doctor en Matemáticas y director de varias tesis, falleció el pasado martes en Oviedo. Dos profesores jubilados y amigos de la familia evocan sus años en Asturias.
MARÍA JOSÉ RODRÍGUEZ PROFESORA JUBILADA DE INSTITUTO PEDRO ZARAZAGA PROFESOR JUBILADO DE INSTITUTO Ni la canción, ni la música, ni las palabras nos ayudan a serenar el ánimo para decir adiós a un amigo, y lo hacemos en este momento en que todos estamos confusos, perplejos, sin reaccionar ante la noticia que no queríamos escuchar. Con estas líneas tenemos la esperanza de que el dolor se suavice, con los buenos recuerdos y los momentos alegres que pasamos juntos. Escribo en nombre de la amistad larga y profunda de tantos amigos y acudo para ello a un poco de historia; después de tantos años, no podemos ya vivir sin ella. Cuando llegamos a Asturias, allá por el año 1977, vosotros estabais recién escudillados, procedentes de Valladolid, y nosotros un poco más veteranos, de Teruel. Los institutos eran, entonces, lugares de trabajo, de debate y de amistad. Pronto empezaron los viajes, las salidas, las meriendas y las excursiones al monte con el grupo de inseparables del Instituto Doña Jimena de Gijón, que se empeñaban en vivir «el más que un instituto». Nos correspondió allí el título de consortes y entre salidas y risas nacieron las relaciones de amistad profundas que continúan y con las que hoy podemos soportar el duro momento de la despedida. Más tarde, cuando llegasteis a Oviedo, para acercaros a vuestros trabajos en la Facultad de Matemáticas y en el Instituto Aramo, se entretejen ya amigos de otros institutos: del Alfonso II, Ventanielles, San Lázaro, Noreña... por mencionar sólo algunos, en los que trabajábamos y de los que nos alejábamos con los cafés, las salidas, las idas y venidas a Gijón, las tertulias, siempre las largas charlas que aún continúan. Tu condición de profesor de Matemáticas de la Universidad no nos distanciaba, al contrario, nos unía, porque siempre estabas atento a las reformas, a los cambios, a la preocupación por el Bachillerato. Cuando eras coordinador de Matemáticas de la selectividad, recuerdo que te escuché en Noreña tranquilizar al alumnado y explicarles con sencillez y cercanía las dificultades del examen, que para ellos era un mundo, que tratabas de desmitificar razonando. Algo ha cambiado, me decía, porque no daba crédito a lo que veía, que los grandes de la Universidad se acercaran a aquellos muchachos y les tendieran la mano. Intuitivo, como siempre, sabías bien dónde estaba el germen y el futuro de vuestras facultades. Algunos de nuestros alumnos fueron después tus alumnos y nos contaban, sorprendidos y admirados, las clases de Matemáticas que les explicabas, la sencillez de lo más complicado, tu habilidad para saltar el muro y transmitirles vida más allá de los números, e insistían: «No podéis imaginar qué clases». Es obligado recordar tu profundo humanismo, unido a tu sentido del humor. El fundamento era, sin duda, tu formación de matemático, más allá de los números y más acá de la lógica, teñido siempre por tu afición a la literatura y el talante o el temple del lector incansable. Siempre había un libro en común, y buscábamos y provocábamos tus opiniones porque eran originales, nada eruditas ni librescas. Se mezclaban con tus preocupaciones por la actualidad, por la historia, por el debate, por la vida al fin. Tus argumentaciones tan sabrosas, siempre el humor por medio, esa chispa que saltaba, y tú tan inmutable que siempre nos preguntábamos ¿vas en serio o en broma? Hay conversaciones que empiezan un día y no acaban nunca, porque aunque pase el tiempo sigue la historia... Incansable en la lectura de Delibes, con el que se abrió una gran madeja de conversaciones sobre Valladolid, tu querida ciudad, la de tantos amigos, la de mi añorado Bachillerato. Y comenzaban los juegos de palabras, las construcciones certeras, las bromas y las risas por vuestro perfecto castellano que tanto admiramos los asturianos. Sorpresa la de aquel día que al final de una de las excursiones nos llamaste: «Los de Ujo, al camión». ¿Cómo, dónde, cuándo? Y de nuevo la intriga y las bromas. Con el tema de Berrueces, tu adorado pueblo natal, nos traías locos, era el mejor del mundo. Carmen decía: «No hagáis caso», pero, picados, un día nos salimos de la carretera general para comprobar si era posible que fuera mejor que Cucalón, y quedaron en tablas, claro. Es bueno que los recuerdos no acaben nunca, son sedantes, nos alegran la vida. Acudo a tu admirado Machado, porque nos trabamos un día recordando el poema: «Con timbre sonoro y hueco, truena el maestro, un anciano mal vestido, enjuto y seco, que lleva un libro en la mano. Y todo un coro infantil va cantando la lección: mil veces ciento, cien mil, mil veces, un millón». No puedo acabar sin decir algo, que por el momento suena a tópico, pero que todos somos conscientes de que en este caso es verdad. Así que prefiero decirlo con las palabras del poeta, que me vienen a la mente y que puedo hacer tuyas: «Soy en el buen sentido de la palabra, bueno (...). Converso con el hombre que siempre va conmigo, mi soliloquio es plática con este buen amigo, que me enseñó el secreto de la sabiduría (filantropía)». Por eso, en estos duros y difíciles momentos de la despedida, queremos sentirnos cerca de Carmen, de Javier, de David y de tus hermanas, y deciros que seguimos celebrando la amistad y la suerte de teneros como amigos.



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