jueves, 12 de febrero de 2009

Matemática o psicología


Una adolescente opina que el idioma gallego dificulta el aprendizaje de la matemática. Sus padres lo aseveran, y exigen que su hija reciba la enseñanza en castellano.
Por principio no existe ninguna lengua viva que predisponga mejor que otras a la enseñanza de una de las ciencias más antiguas de la humanidad. La matemática es una actividad humana, vieja como la música y la poesía, que, al igual que ellas, persigue una cierta armonía y belleza. La estructura mental ágil, limpia y elegante de las construcciones matemáticas no depende de tal o cual lengua, sino de otras cuestiones más complejas, en las que la formación, la cultura y el espíritu tienen bastante que decir.
Lo que declara la joven carece del menor rigor científico, pero eso no invalida la importancia que tiene el hecho de que muy probablemente ella está convencida de que la cosa es así como lo dice. En realidad, desconoce que su rechazo al gallego es fruto de un prejuicio, presumiblemente transmitido por sus padres y compartido por otros padres y otros hijos. Y no sabe que detrás de ese ­prejuicio hay una larga historia de dominación y resistencia, en la que una lengua (el castellano) se impuso como oficial y la otra (el gallego) quedó relegada durante siglos al mundo de la subsistencia, con todas las implicaciones culturales, sociales, económicas y políticas que eso tuvo, y, por desgracia, todavía tiene en ciertas capas de la sociedad gallega.
Porque si bien es cierto que la restauración de la democracia hace 32 años y la conformación del Estado de las Autonomías, posibilitaron la recuperación del gallego, hay padres que se niegan a que sus hijos compartan el esfuerzo colectivo de conseguir que la vieja y hermosa lengua de Galicia pueda seguir viva en un mundo en el que el uniformismo utilitarista impone su ley de hierro.
Quizá la joven tampoco sepa que históricamente el sistema educativo español se ha distinguido por su fracaso continuado en la enseñanza de la matemática. Y, al contrario de lo que ella, sus padres y tantos otros creen, el último informe Pisa desvela que Galicia es una de las comunidades autónomas en las que el nivel de conocimiento matemático es más aceptable, y que la impartición de la asignatura en gallego en nada ha perjudicado a los estudiantes.
Inevitablemente hay que acudir a la psicología, para entender a qué demonios se debe que un señor, declarándose gallego de pura cepa y gallegohablante de siempre, considere una imposición que la cajera del supermercado o la persona que atiende las llamadas del servicio de atención sanitaria se dirijan a él en la misma lengua en la que él dice expresarse siempre.
Cómo explicar que quienes hablan habitualmente gallego o, aunque no lo hablen, están completamente familiarizados con él, rechacen de facto que el idioma haya sido incorporado a la Administración, y no asuman como algo normal que otras personas, sean funcionarios o vendedores de automóviles, se dirijan a ellas en gallego.
¿Qué tiene de anormal que la lógica se normalice? ¿Qué tiene de malo y perverso para la formación educativa que los niños sepan hablar perfectamente gallego y ­castellano? La justificación del rechazo no está en el derecho a la libre elección, sino en el valor que le conceden a lengua gallega: unos, ninguno y otros, el de las zapatillas.

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