
A Charlie, el hermano matemático del agente del FBI Don Eppes, se le ve a menudo por el campus del Caltech durante los episodios de la serie "Numb3rs". Andrés Prieto también trabaja allí, pero en lugar de resolver crímenes inexplicables utiliza su ingenio para estudiar métodos numéricos y su aplicación al estudio de la propagación del sonido en los océanos.
Detrás de este proyecto está la empresa de seguridad y líder mundial Lockheed Martin, que construye fragatas y submarinos, además de aviones, y tiene entre sus clientes a la Armada española. "Trabajo en investigación básica, pero aquí siempre está orientada a una finalidad muy concreta. Y eso es lo que más te motiva. Saber que lo que haces sirve para algo en la vida real", destaca este joven de 31 años y natural de Fene.
Pertenece al Departamento de Matemáticas Aplicadas de la Universidad de Santiago y permanecerá un año ampliando su currículo en EE UU, hasta marzo de 2010. Los métodos numéricos que utilizan en Caltech, el Instituto Tecnológico de California con sede en Pasadena, son "muy novedosos" dada su alta precisión y rapidez. "Sustituyen a herramientas más costosas que requieren mayor memoria y tiempo de cálculo", explica. Con ellos realizan simulaciones numéricas sobre la propagación en el mar del sonido, cuya velocidad varía en cada capa de agua.
A Andrés le gustan los proyectos que le pongan "en contacto con problemas reales de la ingeniería, las finanzas o la biología" y cambiar de tema. Antes de llegar al Caltech, realizó estancias postdoctorales en dos centros de París: el INRIA, el Instituto Nacional Francés para Investigación en Ciencias Computacionales; y el ENSTA, una escuela de ingenieros en la que trabajo en la optimización de energía de chips con bases de silicio.
El matemático compara la investigación que se hace a uno y otro lado del Atlántico: "En EE UU se trabaja más a corto plazo y con objetivos concretos, por eso es más estresante. Pero, al mismo tiempo, como hay tanta competencia, los centros y las universidades cuidan a su personal, porque saben que las empresas privadas los contratarán a la primera oportunidad. Están más cotizados".
La vida en París y Pasadena, en las afueras de Los Ángeles, no le ha supuesto tantas diferencias. "La sensación es la misma en todas las ciudades grandes. Lo mejor de aquí es el tiempo, puedes ir todos los días a la playa", comenta.
Como todo turista que se precie ya ha visitado el Paseo de la Fama. "En la calle tienes una sensación de déjà vu permanente. Cualquier esquina te suena de haberla visto en alguna película", reconoce. Cuando tenga más tiempo libre, planea repetir la misma sensación en la ciudad San Francisco y visitar el Gran Cañón.
Lleva sólo cuatro meses en California, pero ya echa en falta a su novia, la familia y los amigos. "Con el paso del tiempo el coste personal aumenta, aunque estar aquí es una oportunidad única. No deja de ser curioso que cualquier persona con la que te cruzas en el campus puede ser un premio Nobel", admite.
A su regreso, le queda un año de contrato en la universidad compostelana. "Después, el futuro está abierto. En general, los investigadores de mi edad lo tenemos incierto. Te tienes que acostumbrar a no hacer planes a largo plazo", reconoce.
Andrés confía en que sus diferentes destinos en el extranjero hayan servido "para dar publicidad" a los estudios que se hacen en Santiago. "El nivel es parejo, pero tenemos menos trascendencia de cara al exterior. Falta ese pasito de hacernos visibles", defiende.
Detrás de este proyecto está la empresa de seguridad y líder mundial Lockheed Martin, que construye fragatas y submarinos, además de aviones, y tiene entre sus clientes a la Armada española. "Trabajo en investigación básica, pero aquí siempre está orientada a una finalidad muy concreta. Y eso es lo que más te motiva. Saber que lo que haces sirve para algo en la vida real", destaca este joven de 31 años y natural de Fene.
Pertenece al Departamento de Matemáticas Aplicadas de la Universidad de Santiago y permanecerá un año ampliando su currículo en EE UU, hasta marzo de 2010. Los métodos numéricos que utilizan en Caltech, el Instituto Tecnológico de California con sede en Pasadena, son "muy novedosos" dada su alta precisión y rapidez. "Sustituyen a herramientas más costosas que requieren mayor memoria y tiempo de cálculo", explica. Con ellos realizan simulaciones numéricas sobre la propagación en el mar del sonido, cuya velocidad varía en cada capa de agua.
A Andrés le gustan los proyectos que le pongan "en contacto con problemas reales de la ingeniería, las finanzas o la biología" y cambiar de tema. Antes de llegar al Caltech, realizó estancias postdoctorales en dos centros de París: el INRIA, el Instituto Nacional Francés para Investigación en Ciencias Computacionales; y el ENSTA, una escuela de ingenieros en la que trabajo en la optimización de energía de chips con bases de silicio.
El matemático compara la investigación que se hace a uno y otro lado del Atlántico: "En EE UU se trabaja más a corto plazo y con objetivos concretos, por eso es más estresante. Pero, al mismo tiempo, como hay tanta competencia, los centros y las universidades cuidan a su personal, porque saben que las empresas privadas los contratarán a la primera oportunidad. Están más cotizados".
La vida en París y Pasadena, en las afueras de Los Ángeles, no le ha supuesto tantas diferencias. "La sensación es la misma en todas las ciudades grandes. Lo mejor de aquí es el tiempo, puedes ir todos los días a la playa", comenta.
Como todo turista que se precie ya ha visitado el Paseo de la Fama. "En la calle tienes una sensación de déjà vu permanente. Cualquier esquina te suena de haberla visto en alguna película", reconoce. Cuando tenga más tiempo libre, planea repetir la misma sensación en la ciudad San Francisco y visitar el Gran Cañón.
Lleva sólo cuatro meses en California, pero ya echa en falta a su novia, la familia y los amigos. "Con el paso del tiempo el coste personal aumenta, aunque estar aquí es una oportunidad única. No deja de ser curioso que cualquier persona con la que te cruzas en el campus puede ser un premio Nobel", admite.
A su regreso, le queda un año de contrato en la universidad compostelana. "Después, el futuro está abierto. En general, los investigadores de mi edad lo tenemos incierto. Te tienes que acostumbrar a no hacer planes a largo plazo", reconoce.
Andrés confía en que sus diferentes destinos en el extranjero hayan servido "para dar publicidad" a los estudios que se hacen en Santiago. "El nivel es parejo, pero tenemos menos trascendencia de cara al exterior. Falta ese pasito de hacernos visibles", defiende.



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