
A Blanca Troughton Luque (Málaga, 1961) la pasión por las estrellas le ha proporcionado cierto protagonismo estelar en este Año Internacional de la Astronomía. Coordina a nivel nacional los eventos que los aficionados a esta emocionante actividad vienen realizando todo el año en España. Quién se lo iba a decir a ella cuando su padre le regaló su primer telescopio. Tenía 14 años y vivía en El Palo. Una mañana muy temprano apuntó el anteojo hacia el cielo y buscó Venus. «Eran unas bolitas grandes brillantes». La emoción se apoderó de aquella niña al descubrir el lucero del alba y aún hoy, ya madre de dos hijos, le sigue emocionando la observación de las estrellas.
«Yo ya conocía las constelaciones, me las había estudiado con mapas y todo». El hallazgo de Saturno le impactó. «Los anillos de Saturno son una visión que queda grabada para siempre, en aquellos tiempos las fotos no eran de la calidad de hoy». Los números le sedujeron tanto como las constelaciones y se matriculó para estudiar Matemáticas en la Universidad de Málaga, lo que le serviría después para opositar a profesora de este materia. Ahora trabaja en el Instituto Los Manantiales, de Torremolinos.
Blanca Troughton, descendiente de una de esas familias británicas que se enamoraron de la Málaga decimonónica, conoció con 19 años la Sociedad Malagueña de Astronomía con la que hubo un flechazo inmediato que le dura todavía. Casi desde el principio ocupó cargos directivos y desde 1987 es su presidenta. Es a través de la Sociedad con la que Blanca vuelca toda la curiosidad por el cosmos nacida en su infancia. El lugar mágico era una caseta metálica de forma cilíndrica con cúpula y un telescopio de 30 centímetros de diámetro en su interior. Estaba en Miraflores del Palo y fue el observatorio para aficionados durante mucho tiempo. No lo busquen. La vorágine ladrillera lo ha borrado del mapa. Aquel mítico observatorio reunía en las noches de verano de los ochenta a una curiosa pandilla de jóvenes. Algunos de ellos, como Alberto Castro Tirado y Guillermo García Segura, son destacados astrofísicos en la actualidad. Allí observó Blanca por primera vez a Plutón, entonces el más lejano de los planetas. «Era un punto minúsculo y me hizo mucha ilusión descubrirlo».
El cargo y la afición a los astros le ha permitido conocer otros observatorios de renombre nacional, como el de Calar Alto en Sierra Nevada o el de Roque de los Muchachos en Canarias. Y también viajar. Siente satisfacción por haber visto in situ los eclipses totales de sol de 1991 en México, el de 1999 en Hungría y el de 2006 en Turquía. Recuerda especialmente el de Hungría, en el que una tormenta hizo peligrar la visión y para no perderla cambiaron de lugar en plena llanura húngara recorriendo más de 200 kilómetros de un lado a otro y sin dormir durante 24 horas. «Ver un eclipse es algo que recomiendo a todo el mundo. Te sientes más conectado con el cosmos, con el universo, es de día y de pronto se hace de noche, bueno es como un atardecer oscuro y extraño, atardece no por donde habitualmente se pone el sol, sino por todo el horizonte, realmente sobrecoge». El encantamiento sólo dura un minuto o dos minutos y medio, «pero disfrutamos mucho, merece la pena, incluido el estrés de los preparativos, la retransmisiones por Internet, las fotografías...»
Los aficionados no son unos legos para los astrónomos. Blanca Troughton cuenta cómo a través de la Sociedad Malagueña se colabora con el CSIF en algunas investigaciones de campo, como la observación de meteoros y bólidos. «Anotamos cuándo hay alguna caída de meteoritos y así es más fácil su localización». También la sociedad malagueña ha logrado que un proyecto local, como ha sido el de la contaminación lumínica de los cielos, se haya convertido en un experimento nacional y ya hay 45 agrupaciones tomando nota sobre la calidad de los cielos de España. Es el llamado proyecto IACOO.
Casada con Dietmar, un investigador físico de la UMA, disfruta enseñando a Sara y Álvaro, sus hijos, los secretos del cielo. Hay algo que le llena de satisfacción: Cuando al cabo de los años se encuentra con un viejo alumno y la recuerda como a la maestra que le hizo mirar por primera vez las estrellas.



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