lunes, 21 de junio de 2010

En Avilés (España), la última lección de Juan Ramón


Juan Ramón Rodríguez no volverá a coger una tiza para hacer operaciones matemáticas en la pizarra ni tampoco se preocupará por madrugar para ir a trabajar. El que fuera profesor de matemáticas del Colegio La Vallina y durante el último año director se ha jubilado. Ahora desea viajar con su mujer, Soledad Rodríguez, y atender más a su nieto, Miguel Díaz, «que es un tesoro». El ex director siente pena por dejar el colegio «más que nada por los niños que le piden que se quede un año más».
Sus ojos azules han visto cómo ha cambiado la educación en más de treinta años de docencia. Se ha pasado de la pizarra y las tizas a los ordenadores portátiles. «Eso sí, los niños son iguales sólo cambian los medios, eso sí, hay que seguir consultando libros y enciclopedias, como se hizo toda la vida», indica el director que quiso retratarse en un aula porque era el lugar donde «más a gusto» se siente de todo el colegio. Incluso más que en su despacho.
En su oficina reina el orden. «Soy meticuloso y exigente, en la vestimenta y en todo y aunque me gusta la disciplina, soy versátil», dice parcialmente emocionado al comprobar que el pasado viernes era su último día de trabajo en el que degustó con sus compañeros y alumnos una paella multitudinaria. «Esto se acaba oficialmente el 31 de agosto, pero ya no daré más clase a los niños, solo habrá que hacer papeleos», comenta, apenado el ex director.
Y es que ya han pasado 24 años desde que Rodríguez impartiera la primera lección de matemáticas en Luanco. Unos ocho años antes hizo lo propio en Soto del Barco, donde también llegó a ser director. «Empecé en Soto cuando la angula valía mil pesetas el kilo», recuerda el maestro natural de Bañugues y afincado en Luanco desde hace varias décadas.
Tantos años en la enseñanza han hecho que Rodríguez sienta una cierta dependencia del centro en el que trabajó los últimos años. «Ahora, cuando pasé por delante del colegio, me dará pena, pero es ley de vida», indicó el maestro que quiere conocer Menorca, la única isla balear que le queda por visitar, París, Londres y otras tantas ciudades europeas. «Quiero viajar pero sin cruzar el charco», apunta Rodríguez, que dedicará más tiempo a otra de sus pasiones: la lectura.

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