domingo, 9 de noviembre de 2008

Obama y la educación en Estados Unidos


Mientras daba un discurso en Israel, el senador John McCain tuvo que ser interrumpido por Joe Lieberman para susurrarle al oído que estaba confundiendo a Irak con Irán. En esos mismos días, hablando de la fortaleza de NAFTA, el presidente Bush aseveró que «las relaciones fronterizas entre Canadá y México nunca han estado mejor». El ocupante de la Casa Blanca obvió, por supuesto, el hecho de que entre esos dos países no existe frontera común. Por su parte, la señora Palin dijo que el vicepresidente del país «está a cargo del Senado y puede hacer los cambios que crea necesarios». No se trata de bromas inocentes. La ignorancia exhibida por estos tres personajes no es una pose. Es real y proviene de profundas carencias en el seno de la educación norteamericana. Más aún. La exhibición de conocimientos avanzados en público es impopular, arrogante y, para muchos, «antiamericana».

La limpieza y la elegancia en los discursos del ahora presidente electo sirvieron para que sus rivales lo acusaran en repetidas ocasiones de ser un elitista que desprecia al pueblo. Joe el Fontanero es el modelo al que debe aspirar el «americano» medio. El mensaje no tan sutil de esta campaña -y también de la propia educación norteamericana- es que, como él, se puede llegar a tener una empresa de 200.000 euros con un dominio básico de matemáticas y del lenguaje articulado. En estas circunstancias y al lado de estabilizar el sistema financiero, lograr la independencia energética, reformar el sistema de salud y recortar los impuestos de la clase media, el cambio del sistema educativo es una de las cinco prioridades del nuevo Gobierno. No quiero unirme a la inflación de esperanzas generada por el presidente electo, pero creo que si cumpliera con una sola de estas metas haría historia. Y si esa meta fuera la educación, haría permanentes todos sus otros cambios. Los estudiantes norteamericanos se situaron hace unos meses en el puesto 28.º en matemáticas dentro de 40 países, y las cifras de abandono escolar allí son las mayores del mundo industrializado. Un niño de Primaria o un adolescente de Secundaria puede escoger los cursos que le plazcan puesto que el sistema escolar es de currículo flexible y la mayoría de los cursos son electivos. Muchos terminan escogiendo no los más convenientes, sino los más fáciles. Un ejemplo es el curso obligatorio de «Estudios globales» que abarca toda la historia y la geografía de Estados Unidos y del planeta. Para cumplir con ese requerimiento, basta con que el alumno -en todos sus años de estudio- escoja un tema - la guerra de Secesión, por ejemplo - e ignore todos los otros. El resultado es que muchos alumnos, ya próximos a graduarse, no saben en qué año se declaró la independencia de este país, creen que español y castellano son dos idiomas diferentes y suponen que su país se llama América y limita con otro muy atrasado y poblado de «gente de color» denominado México en el cual están Montevideo, Bogotá, Buenos Aires, Río de Janeiro y Quito. La indiferencia de los padres, la pobreza del currículo y la facilidad para pasar de un nivel a otro tienen que ver con una filosofía que privilegia al individuo sobre la sociedad, lo empuja a la realización de sus más primarias apetencias y está a punto de convertirlo en un autista, indiferente a todo lo que no tenga que ver con él mismo. En los bolsillos de los miles de niños que llevan pistolas a la escuela y producen masacres se halla la mejor expresión del individualismo triunfante. Educación es igual a programación. Aquí ese proceso está comprometido a formar sujetos autosuficientes, objetivos y predecibles porque son los más fáciles de ser conducidos sin que pregunten hacia dónde. ¿Se atreverá a cambiar este sistema el presidente Obama? Por lo menos, se ha atrevido a decir que va a hacerlo. Ahora, sólo falta el resto.

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