lunes, 19 de octubre de 2009

Chopin y Pitágoras: música, inteligencia y matemáticas



Hace unos dias, exactamente 160 años, la madrugada del 17 de octubre de 1849, Federico Chopin moría en un apartamento del barrio parisino de la Plaza Vendôme a causa de la tuberculosis que se le había detectado hacía más de una década. No había llegado a los 40 años de edad, pero sí había conseguido cambiar para siempre la historia de la música, gracias a su virtuosismo para la interpretación al piano y un estilo poético en su música: libertad para experimentar, armonía, ritmo, melodía y simetría, todos elementos afines al conocimiento científico y las matemáticas, que en este aniversario de Chopin nos invitan a revisar las fronteras y los puntos de contacto entre música y ciencia.
Federico Francisco Chopin (originalmente: Fryderyk Franciszek Chopin) nace en 1810 dentro de una mansión señorial cercana a la ciudad de Varsovia, en Polonia, a donde había llegado de joven su padre Nicolás Chopin, emigrado de Francia para buscar fortuna. Y lo consiguió, trabajó como tutor para varias familias de la aristocracia polaca y se casó con una joven aristócrata que tocaba el piano, Justyna Krzyznowska, a la sazón, madre de Federico. Así que Chopin se crió en una familia en la que cada miembro de ella contaba con algún talento, a la madre pianista hay que sumarle que el padre tocaba el violín y la flauta. El pequeño Federico recibió sus primeras instrucciones de un tutor a partir de 1816, cuando contaba con seis años de edad, y al año siguiente ya ofrecía conciertos, despertando los halagos de la crítica que comenzó a compararlo con Mozart cuando era niño, así como con Beethoven. Entonces Chopin es uno de esos casos en el que el éxito aparece en la infancia del héroe en cuestión: antes de los 15 años ya es un reconocido intérprete en los círculos de la burguesía de Varsovia y pronto conquista al exigente público de Viena. A los 16 años ingresó en el Conservatorio de Varsovia, donde estudió teoría musical y composición siendo calificado como “de extraordinario talento”. Pronto llega a París y se relaciona con personalidades del mundo de la música como Gioacchino Rossini, Luigi Cherubini, Héctor Berlioz, Henrich Heine y, especialmente, con Franz Liszt. Chopin cuida y pule sus composiciones con detallada obsesión: a lo largo de 10 años logra convencer a los franceses de su genialidad musical y se presenta con rotundo éxito en todos los escenarios, acumula una considerable fortuna acompañada de una inseparable fama, al grado de que Aurora Dupin, la mujer que se escondía bajo el célebre seudónimo masculino de George Sand, decide enamorarse de aquel joven de 26 años que componía “música digna de los dioses”. Sin embargo, por esas mismas fechas Federico Chopin es diagnosticado con tuberculosis y George Sand asume el cuidado de Chopin como una misión a la cual dedicar su vida, “necesito sufrir por alguien”, dicen que dijo.

A la sombra de la vida de Chopin surge una pregunta: ¿cualquier persona puede llegar a ser un gran músico si se esfuerza lo suficiente? A partir del siglo XX algunos investigadores de neurociencias han orientando sus trabajos hacia las relaciones entre “genialidad” y música, interesados por la manera en que el cerebro puede ser estimulado para realizar sus actividades (registrar, organizar e interpretar información) a partir del ejercicio musical. Y es que llama la atención el hecho de que las genialidades de la ciencia también se desenvuelvan con soltura en el campo musical, como podemos confirmar en conocidas listas que incluyen a los siguientes: Galileo Galilei era hijo de un músico, así que desde pequeño aprendió a tocar el órgano; William Herschel, el gran astrónomo inglés que descubrió Urano en 1783, se dedicaba originalmente a la música y trabajó durante varios años como director de pequeñas orquestas; el celebérrimo Albert Einstein era amante de tocar el violín (aunque se sabe que no lo hacía muy bien); los padres de la física cuántica, Max Planck, Werner Heisenberg y Niels Bohr, eran destacados pianistas, y más recientemente tenemos a Richard Feynman, quien era un aventajadísimo intérprete de bongó.
También es posible rastrear otros ejemplares casos en tiempos más remotos: Leonardo da Vinci dedica sus días y sus años a probar; proyecta vehículos para la guerra, puentes móviles para los ejércitos, máquinas que deberían alzar el vuelo; compra clandestinamente cadáveres para abrirlos y conocer directa, íntimamente, el cuerpo humano, sus sistemas vitales. De esas experimentaciones surgen dibujos preciosos y precisos en un ejercicio que roza la práctica médica en el estudio de la anatomía. Desatendiendo cualquier tipo de clasificación disciplinaria, Leonardo se ejercita con pericia en la pintura a partir de su gusto por las matemáticas, en el dibujo basado en su interés por la anatomía. Pero Da Vinci también escribe: “la música es la más sublime y la más libre de todas las artes”.

Se trata, pues, de nombre relevantes en la historia de la ciencia (de la cultura). ¿Coincidencias o la música es el camino a la genialidad? Habría que ser más cautos, desde luego, y distinguir entre un gusto por la música, la dedicación a ésta como un pasatiempo, y un talento propiamente dicho. O corremos el riesgo de caer en lo que Sergio de Régules describe como “la píldora de la inteligencia” a raíz de que en los años 90 el gobernador de Georgia, en Estados Unidos determinó que si los bebés escuchaban música de Mozart se volvían más inteligentes, por lo que decretó una ley para que en las guarderías de esa región los menores a dos años pasen una hora diaria de sus incipientes vidas oyendo a don Wolfgang Amadeus. Aquel supuesto “Efecto Mozart” -¿hace falta decirlo?- no tiene ningún sustento, pero el origen del desliz se localiza en un estudio publicado en la revista Nature firmado por Gordon Shaw y Frances Rauscher de la Universidad de Wisconsin, quienes evaluaron la capacidad de un grupo de estudiantes universitarios para ordenar secuencias temporales y percibir relaciones espaciales, antes y después de haber escuchado música de Mozart. Un experimento tan curioso como incompleto.
El interés de la ciencia por la música radica en su valor como expresión artística auténticamente universal, en el sentido de la no necesidad de una explicación por parte del autor o ejecutante, que nuestro cerebro no procesa igual al lenguaje oral o escrito. Se trata, pues, de un lenguaje especial en el que la mecánica, la acústica, la bioquímica, la psicología, la fisiología o las neurociencias están íntimamente relacionadas. Sergio de Régules, músico, físico y divulgador científico, sugiere que “las investigaciones acerca de la neurofisiología de la música seguramente ayudarán a dar respuesta al enigma evolutivo.”

La música es armonía, combinación de sonidos simultáneos y diferentes que siguen una proporción matemática. Afirma Jorge Wagensberg que “todos los instrumentos musicales se basan en algo que vibra. Todo lo que vibra, suena, porque provoca una oscilación de presión en el aire que se propaga como una onda hasta alcanzar, quizá, un tímpano que la recoge y la lleva a un cerebro que pueda oírla en forma de sonido”. Ya hace más de dos mil años Pitágoras dedicó buena parte de su vida al estudio del número no sólo mediante la aritmética, sino también la música, después de haber comprobado que las longitudes de las cuerdas de los instrumentos musicales se comportan bajo ciertas relaciones numéricas simples: la octava, 2 a 1; la quinta perfecta, 3 a 2; la cuarta perfecta, 4 a 3, etcétera (proporciones que siglos después se “afinaron”) y por eso propusieron una escala musical que representara este maridaje entre música y matemáticas, cada una de las cuales tiene características únicas: una particular altura de acuerdo a la frecuencia de su vibración; una intensidad que corresponde a la amplitud de esa vibración; un timbre, según la onda característica que diferencia dos notas de frecuencias e intensidad iguales. Ahora se dice que la música es sonido, pero no todo lo que es sonido es necesariamente música. En esas ondas sonoras encontramos cierto ritmo, cierta pausa y armonía. Una esencia matemática en el corazón de la música, como afirmaba Bertrand Russell: “el matemático puro, igual que el músico, es un creador libre de un mundo de belleza ordenada”.

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