martes, 26 de enero de 2010

La soledad de los números primos: Las matemáticas del amor


Algunos sostienen que el éxito es un gran malentendido. En el caso de La soledad de los números primos, bendecido por los premios, respetado por la crítica y adorado por el público, no cabe hablar de error, pero sí de desconcierto. Es un best-seller triste, sin pautas de autoayuda ni melodrama edulcorado; se trata de la primera novela de un autor muy joven, un físico de 26 años, que escribe con el oficio de un novelista experto y la mirada de quien ha vivido -y en este caso vivir se traduce como sufrir- mucho.
Con esos mimbres, y sobre todo los que cimentan su trama, La soledad de los números primos es una obra que invita al debate, algo que se desarrolló, hoy martes a  las 19.30 horas en el sótano de la Biblioteca Central de Donostia en Guipuzcoa (España) moderado por Beatriz Monreal, quien confiesa que el libro le ha "gustado e inquietado; es doloroso pero muy hermoso, gratifica mucho". "Se lee de un tirón; te apasionan los dos protagonistas -opina-, dos adolescentes que sufren una experiencia traumática en la infancia que les deja marcados para toda su vida". "Son dos personalidades exacerbadas que llevan una vida terrible", analiza Monreal, que encuentra vínculos con El curioso incidente del perro a medianoche.
"Me ha interesado mucho una frase de Giordano en la que dice que para él la escritura no es un hobby sino una actividad tremendamente fatigosa, que exige una dedicación enorme", indica la moderadora, que también rescata una sentencia en la que Giordano parece conciliar sus dos facetas vitales, las ciencias y las letras, la escritura y la física: "La literatura es el instrumento perfecto para indagar en el alma humana".
A través de estos dos personajes, Mattia y Alice, Giordano muestra también "lo implacable" que es la sociedad con las personas "diferentes". ¿Por qué nos gustan en los libros y en las películas personajes con un perfil inadaptado o difícil y luego las apartamos en la vida real? El final de la novela no despeja esta interrogante, pero abre otras, porque no todos coinciden en su interpretación.
La moderadora de la tertulia rescata en este punto una hermosa idea: "Un libro nunca acaba en la última página, ni empieza en la primera".