martes, 21 de abril de 2009

Mujeres matemáticas


Parafraseando a Paul McCartney en su melancólica balada The long and winding road, largo y tortuoso ha sido el camino que la mujer, a lo largo de la historia, ha tenido que recorrer para acceder a los cerrados círculos científicos (y de otra naturaleza que no vienen al caso) que por imposición social y cultural estaban reservados al hombre. Gracias a algunas que sí lo recorrieron y a otras que por lo menos lo intentaron, incluso dando su vida por ello, hoy la mujer puede estudiar en la universidad y por tanto investigar en igualdad, para la consecución de logros científicos.
Durante el mes de marzo y abril, la Casa de las Ciencias (La Rioja - Espana) nos ayuda a recordar, en una exposición sobre matemáticos ilustres, a algunas de estas mujeres. Concretamente a cinco. Sus nombres son: Hipatia de Alejandría, Madame de Châtelet, Sophie Germain, Sofia Kovalevskaya y Emmy Noether. Todas en algún momento de su vida se vieron atrapadas por el influjo de las matemáticas y emprendieron la ardua labor de resolver enigmas y problemas que dejaron sin concluir sus eruditos antepasados y de plantear nuevos retos a las generaciones futuras, contribuyendo de esta manera a la divulgación de las matemáticas a lo largo de los siglos. Siempre bajo la mirada nada aquiescente de los hombres de su época.
Esta exposición que presenta la Casa de las Ciencias con el título 'El rostro humano de la Matemáticas' es un proyecto de la Real Sociedad Matemática Española que, a través de una muestra de treinta y una caricaturas. intenta acercarnos a la vida y obra de personajes que han ocupado un lugar destacado en la historia de las Matemáticas. Pero cuando esos personajes tienen nombre de mujer, atreverse a destacar en una sociedad tutelada por hombres puede acarrearte incluso la muerte. Eso fue lo que le ocurrió a Hipatia, filósofa y matemática griega nacida en Alejandría, Egipto, en el año 370 d.C. Su conocimiento de la astronomía y las matemáticas era identificado por los cristianos con el paganismo y por esa razón la persiguieron. Se negó a convertirse al cristianismo, se negó a renunciar al conocimiento griego, a la filosofía y a la ciencia y fue denunciada por las autoridades de la Iglesia y lapidada en plena calle por los cristianos. Trabajó con su padre en la obra de Ptolomeo, Almagesto considerado el libro más importante de astronomía durante 1400 años y estudió y difundió (como profesora de la Escuela de Alejandría) la obra capital de Euclides, 'Los Elementos'. En palabras de Hipatia: «Un verdadero compendio de las matemáticas, un texto obligado para iniciarse y profundizar en esta ciencia».
El director de cine Alejandro Amenábar en su última producción, Ágora, todavía sin estrenar en las salas comerciales, narra la vida de esta profesora alejandrina y nos la muestra como un símbolo de la resistencia de la ciencia y la cultura pagana y del neoplatonismo frente a los ataques del integrismo religioso.
Por mediación de Voltaire, cayó en manos de madame de Châtelet un manuscrito atribuido a Hipatia cuya lectura despertó en la aristócrata francesa y estudiosa de las matemáticas un gran interés, por lo que se prometió dar pronta respuesta a las dudas y misterios que en dicho manuscrito planteaba la científica alejandrina. La marquesa de Châtelet (1706, Saint-Jean-en-Greve, Francia) tradujo al francés la obra Principia del matemático inglés Newton, del que le habló por primera vez su amante y compañero de trabajo Voltaire. A raíz de su obra Instituciones de física, donde se acerca a las teorías metafísicas de Leibniz, tuvo que soportar desde la envidia y en ocasiones ignorancia masculina comentarios ofensivos que menospreciaron su trabajo, por el simple hecho de ser mujer, y que lo consideraron una mera transcripción de las ideas de otros científicos, en lugar de reconocer que las conclusiones, a las que en dicha obra había llegado, eran el fruto de sus estudios. Fernando Savater en su magnífica novela El jardín de las dudas nos presenta en clave de ficción la vida de Voltaire y su relación con madame de Chàtelet mientras éste mantiene una correspondencia cruzada con Carolina de Beauregard, condesa de Montoro, y gran admiradora del científico e intelectual francés.
Gracias a la espléndida biblioteca que tenía en su casa, Sophie Germain (París, 1776) descubrió a Arquímedes y decidió seguir sus pasos dedicándose a las matemáticas de forma totalmente autodidacta, ya que no admitían mujeres en las escuelas de estudios superiores. Bajo el seudónimo de Antoine Auguste Leblanc, antiguo alumno de la Escuela Politécnica, Sophie envió por escrito a Lagrange (más tarde lo haría con Gauss) sus propios trabajos que interesaron enormemente al prestigioso profesor, quien accedió a convertirse en su mentor. Éste le abrió las puertas a los círculos científicos de la época y la alentó a seguir en su aprendizaje de las matemáticas. Fue la primera mujer en conseguir un premio de la Academia de las Ciencias de Paris por su trabajo Investigaciones sobre la teoría de las superficies elásticas, viéndose así recompensado todo su esfuerzo en solitario durante tantos años.
La primera vez que oí hablar de Sofía Kovalevskaya (Moscú, 1850) estaba estudiando en la universidad. En una clase de Ecuaciones en derivadas parciales, nuestro profesor Mariano Hormigón (reconocido profesor universitario, escritor y científico zaragozano que fue secretario y vicepresidente de la Asociación Española de Historia de la Ciencia) estaba a punto de demostrarnos el Teorema de Cauchy-Kovalevski (un teorema larguísimo cuya demostración se prolongó durante varios días) cuando nos contó que Kovalevski era en realidad el apellido del marido de Sofía, Vladimir Kovalevski, bajo el que ella se ocultó para publicar sus trabajos. Tuvo que casarse con él para poder salir de Moscú y vivir en otro país donde permitieran estudiar a las mujeres. Estudió como oyente en la Universidad de Heidelberg (Alemania), e intentó estudiar en la de Berlín con Karl Weierstrass, considerado el mejor matemático de la época. No le permitieron hacerlo por su condición de mujer, pero Weierstrass accedió a darle clases en privado. Fue la primera mujer que consiguió una plaza de profesora universitaria en Europa (Suecia, 1881) y la segunda que recibió un premio de la Academia de Ciencias francesa, después de Sophie Germain, por su memoria Sobre la rotación de un sólido alrededor de un punto fijo.
Aunque Emmy Amalie Noether (1882, Erlangen, Baviera), obtuvo en 1900 un título del Estado para enseñar idiomas en cualquier institución educativa femenina, orientó sus estudios hacia las matemáticas influida por el ambiente que reinaba en su casa, ya que su padre, Max Noether, era profesor de matemáticas en la Universidad de Erlangen, y conocido por sus investigaciones sobre funciones algebraicas.
Aunque la trayectoria de esta gran matemática alemana se desarrolló en el siglo XX, tampoco lo tuvo nada fácil si mencionamos lo que el Senado de la Universidad de Erlangen declaró en 1898: «La admisión de mujeres estudiantes destrozaría todo orden académico».
En cualquier caso Emmy Noether a lo largo de su vida cosechó grandes logros entre los que destaca el grado de doctora cum laude con la memoria titulada Sobre los sistemas completos de invariantes para las formas bicuadráticas ternarias, que fue publicada en 1908, o el trabajo Invariante Variationsprobleme (1918) que incluía dos resultados importantes y esenciales en la teoría de la relatividad general. También en 1932 recibió el Alfred Ackermann-Teubner Memorial, premio para el Avance del Conocimiento Matemático. En febrero de 1934 comenzó a trabajar en Princeton (donde murió), New Jersey, en el Instituto de Estudios Avanzados, donde también se encontraba Albert Einstein quien le dedicó un elogioso obituario en las páginas de The New York Times.
Pero con estas cinco mujeres de ciencia no termina la lista de matemáticas insignes que consagraron su vida al estudio de esta disciplina. Podría citar a Pandrosia que también impartió clases en la Escuela de Alejandría, o a Teano la mujer de Pitágoras, y no podemos olvidar a María Gaetana Agnesi a quien se le ofreció ocupar una cátedra en la Universidad de Bolonia, y a Ada Lovelace hija del poeta inglés Lord Byron y considerada como la primera programadora informática, y muchas otras más que realizaron una tarea encomiable, sorteando todo tipo de obstáculos y estudiando sin descanso convencidas de que su trabajo contribuiría, más tarde o más temprano, al engrandecimiento de la ciencia.

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