viernes, 24 de abril de 2009

Pasiones, piojos, dioses… y matemáticas


Entre las mejores obras de divulgación matemática de este año está sin duda esta de Antonio J. Durán, catedrático de Análisis Matemático y ejemplo de hombre de ciencias volcado en las letras (es autor, además, de dos novelas, y también ha escrito sobre las matemáticas en tiempos de Cervantes). En este entretenido ensayo, en el que realiza una buena gestión del misterio y del interés, pretende “alumbrar las más recónditas profundidades de la naturaleza humana” mediante “la confrontación del mundo abstracto de las matemáticas y el mundo emocional donde moran quienes las descubren”. Una luz no sólo brillante, también mortecina, pues el resplandor de la bomba atómica sólo pudo existir gracias a las matemáticas (las matemáticas explicaban las trayectorias de los proyectiles, pero no crearon los cañones).
Es indudable que las matemáticas son uno de los productos intelectuales más genuinos del ser humano y uno de los que brotan de lo más profundo de su espíritu. Pero este hecho evidente se olvida, y con ello se pierde también que “las matemáticas han sido afectadas por los mismos avatares históricos que han actuado sobre el resto de realizaciones intelectuales”. Se suele achacar a las matemáticas una progresiva abstracción, proceso ilustrado por Richard Feynman del siguiente modo: “La Física es a las Matemáticas lo que el sexo es a la masturbación”; pero este proceso es paralelo al vivido por las artes desde el siglo XIX. La matemática, cada vez más, parece hablar de “objetos y conceptos que sólo parecen existir en la cabeza de los matemáticos”. Pero, al tiempo que se acerca con ello al arte, a poco que se repase su historia, encontramos que su abstracción no tiene que alejarla necesariamente de la realidad. Las matemáticas han ofrecido tantas muestras de lo que Durán llama una “irracional eficacia” que merecen un voto de confianza.
Ya desde Grecia, con los pitagóricos, quedó establecido que los números son la mejor herramienta para la comprensión (o quizá la descripción) del mundo. Los pitagóricos pretendían controlar la realidad a través del control de los números, algo que se hace evidente, por ejemplo, cuando nos subimos a un avión. Consideraban que los números contaban con propiedades místicas y adivinatorias, lo que es cierto en muchos casos. Así, los números predecían los eclipses, algo que
ayudó a Tintín para salvarse de una muerte segura, y los números predijeron la existencia de Neptuno, antes de que pudiera ser avistado. No podemos sino coincidir con los pitagóricos en que en el número hay algo mucho más profundo y significativo que su mero dibujo o las cuentas que con él se pueden hacer. Claramente lo dijo Galileo: “las matemáticas son el alfabeto con el cual Dios ha escrito el Universo”. ¿Son entonces los matemáticos los verdaderos profetas?
Mientras resolvemos esta sesuda cuestión, podemos gozar del estímulo que supone un libro que, con su variada coctelería cultural, muestra que las matemáticas son un producto intelectual –con su parte artística– plenamente intrincado en el edificio cultural occidental, al lado de la historia, de la física, de la música, de la astronomía o de la poesía. No es difícil perderse en alguna explicación matemática, especialmente para aquellos que somos de “letras”, pero ello no obstaculiza la comprensión ni el disfrute ni del libro ni de ninguna de sus partes.

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