domingo, 27 de diciembre de 2009

En Andalucía (España), la desventaja de ser el primero de la clase


 
No había cumplido medio año de vida cuando Alberto dijo sus primeras palabras: papá, mamá y agua. Con un año construía frases completas y con 18 meses era capaz de mantener una conversación. Además, se sabía el nombre de cada uno de los dedos de la mano y cada día hacía un puzzle nuevo.
Sí, Alberto es un niño superdotado. Algunos pensarán que es una ventaja. Otros que es casi como un don. Pero pocos alcanzan a entender las dificultades con las que las personas con altas capacidades tropiezan a lo largo de su vida. En el colegio, se aburren porque aprenden a un ritmo mucho más rápido que sus compañeros, con los que además encuentran difícil establecer amistad.
Ante estos problemas, padres de niños superdotados en edad escolar se han unido en una plataforma a nivel andaluz. Su objetivo: reivindicar que el sistema educativo preste más atención a estos menores. Este colectivo está formado por 14 representantes de asociaciones que defienden sus derechos en Málaga (ASA), Huelva (Areté) y en toda la comunidad autónoma (Fasi).
En el caso de Málaga, se calcula que, como mínimo, existen mil niños de entre cinco y 14 años con altas capacidades. Una cifra que asciende a tres mil si se tiene en cuenta al conjunto de la provincia. «Según los estudios, entre un 2 y un 10% de la población tiene altas capacidades», explica José Luis Sánchez, presidente de ASA Málaga.
El principal problema de estos niños es que para que puedan recibir una formación adecuada a su nivel, deben ser reconocidos como superdotados por la Consejería de Educación. Algo que suele convertirse en una carrera de obstáculos. «Se dan muchos casos de niños con altas capacidades que están diagnosticados por expertos y que los equipos de orientación educativa de la Junta no consideran como tal», dice Sánchez.
Alberto es uno de ellos. Tiene cinco años y un coeficiente intelectual de 147, cuando el normal oscila entre 90 y 110. Un nivel de desarrollo mental que ya se dejaba ver cuando entró en la guardería, con 20 meses. En una semana se aprendió qué mochila y qué chupete era de cada niño. Antes que la profesora. «Al mes me dijeron que no encajaba con los de su edad porque hablaba muy bien y lo pasaron a la clase de niños de dos a tres años», recuerda su madre, Serafina Castro.
No obstante, la alta capacidad intelectual no es el único factor que determina la sobredotación, sino que influyen otros como la fuerte implicación en las tareas o una elevada creatividad. Este último hace que Eduardo, superdotado de ocho años, prefiera construir complejas naves espaciales con piezas de Lego antes que hacer los deberes.
«No entiende por qué tiene que hacer tantas multiplicaciones o divisiones cuando él ya sabe hacerlas perfectamente», cuenta su madre, Rocío Ríos. Tras un litigio con la administración, Eduardo ya está censado como superdotado, aunque el equipo de orientación que lo evaluó señaló que sólo en potencia y que habría que esperar a la adolescencia para confirmarlo.
Sin embargo, existen psicólogos que no consideran necesaria tal espera. «A partir de los dos años y medio las pruebas ya son bastante fiables, aunque se tienen que ir revaluando hasta los 9, cuando se alcanza la mayoría de edad mental», explica Susana Trujillo, especializada en altas capacidades.
El caso es que haber sido reconocido como superdotado no ha mejorado demasiado la situación de Eduardo. La ley establece dos alternativas para estos niños: la adaptación curricular o la aceleración. Esta última consiste en adelantar un curso y fue la que se le aplicó cuando estaba en segundo de Primaria. «Le permitieron pasar a tercero antes de que terminara el curso, pero ahora está en cuarto y no podrá saltarse otro nivel hasta que no esté en Secundaria», cuenta su madre.
Mientras, Eduardo se sigue aburriendo en clase. «Lo ideal sería que el profesor evitase tareas repetitivas y fomentase la creatividad en el aula porque son niños a los que les gusta buscar varias soluciones a un mismo problema», comenta Trujillo. «Faltan propuestas más activas, como introducir las nuevas tecnologías en el aula o facilitar que pudiesen trabajar en un laboratorio», agrega la madre de Eduardo.
Y es que además de las construcciones, a Eduardo le gusta dar forma a su imaginación a través de la ciencia. Durante un curso de verano, ideó un medicamento que ayudaba a potenciar la memoria. Un proyecto que, casualmente, está desarrollando un grupo de investigación de la Universidad de Málaga, con el que ha contactado para que le enseñen técnicas básicas de laboratorio. «Me mostraron cerebros diseccionados de rata e hice una catapulta de hielo seco», dice el pequeño, ilusionado.
Además de formas para potenciar su creatividad, los niños con altas capacidades necesitan apoyo a la hora de ubicarse en la sociedad porque, aunque su inteligencia vaya dos o tres años por delante, sus emociones se mantienen en su edad cronológica. «Este desfase puede afectar a su autoestima y a su relación con los demás», explica Marisol Gómez, psicóloga clínica especializada en sobredotación. Por ello, expertos señalan que la escuela debería trabajar sus habilidades sociales. «Ellos tienen la teoría, pero les cuesta llevarla a la práctica porque, aunque saben empatizar, les puede la hipersensibilidad y la frustración», agrega Gómez. Si bien, cada persona es un mundo y hay superdotados que no tienen problemas de socialización.
No es el caso de Álvaro, de 16 años y 169 de coeficiente intelectual. «Ahora me llevo mejor con mis compañeros porque he aprendido a aguantar las mofas, pero cuando era niño lo pasaba mal», dice este joven al que le cuesta sonreír. Su madre, Guiomar de la Calzada, se plantea acudir al Tribunal Constitucional para denunciar que el sistema educativo no ofrezca una salida para su hijo, como becas o módulos específicos para superdotados. Una situación que crea frustración en Álvaro. «Sé que soy un caso perdido porque voy a tener muchos problemas para socializar no sólo en la escuela, sino en todos los ámbitos», dice, con resignación.
El pequeño Alberto, de cinco años, es más sociable, pero también necesita trabajar sus emociones. Para ello, acude cada viernes por la tarde a las clases de enriquecimiento cognitivo de ASA Málaga. En ellas, Estrella García le enseña «a conocer sus propias características, sentimientos y emociones». Además, tiene la oportunidad de estar en contacto con otros niños como él. «Las asociaciones son muy buenas porque te permiten situarte en la vida, ver a gente como tú», asegura Santiago Cárdenas, de 40 años. Su coeficiente intelectual es superior al 99% de la población y se licenció en Matemáticas siendo el primero de su promoción. Sin embargo, suspendía en el colegio. «No me motivaba y empecer a leer libros de matemáticas por mi cuenta», recuerda. Así, comenzó a formarse en la disciplina que hoy enseña en la UMA. «Me gusta ponerle a mis alumnos ejemplos de la vida real», asegura. Algo a lo que está acostumbrado, ya que los números están tan presente en su vida que hasta expresa la edad de sus dos hijas de forma decimal. «Helena Hipatia tiene 10,3 años y Adriana Sofía 6,1», dice.
Una afición que reconoce como poco habitual. «Disfruto mucho haciendo matemáticas y sé que eso no es normal para mucha gente», asegura. Asimismo, Santiago lamenta que la sociedad en general, y el sistema educativo en particular, no aproveche el potencial de las personas con sobredotación. «Terminan teniendo una capacidad mediocre porque no se les incentiva», considera.
Para tratar de evitar ese final, padres como los de Alberto, Eduardo y Álvaro seguirán luchando para que sus hijos puedan cumplir sus sueños de ser el mejor astronauta, ingeniero o programador de videojuegos.