domingo, 28 de febrero de 2010

En Oviedo (España), paros estudiantiles por querer más tiempo en los exámenes,...

 
Una sentada a las puertas de un instituto con un centenar de chavales. Protestan por los exámenes. No para que los quiten. Tampoco reducirlos. Quieren hacerlos con tiempo suficiente y aseguran que desde que la Asociación de Madres y Padres se quejó de que las pruebas invadían el horario no lectivo, les han quitado esa posibilidad. Y no pueden más. Podría parecer el mundo al revés, pero sucedió aquí y ahora, el pasado lunes, en el Instituto Aramo, un centro público de tradición y prestigio que precisamente estos días veía cómo uno de sus estudiantes era coronado como vencedor de la Olimpiada de Matemáticas.
Al final, tanto los padres y madres como la dirección del centro quitaron hierro al asunto, dijeron que estaban todos de acuerdo, que se había tratado más bien de un malentendido. Los alumnos y alumnas no dicen lo mismo. Incluso según qué alumnos dicen una cosa y la contraria. El viernes la dirección llegó a un acuerdo y prometió que los profesores plantearían exámenes ajustados a los cincuenta y cinco minutos reglamentarios aunque con la posibilidad de estirarlos durante el recreo. Ese mismo día, alguna profesora ya iniciaba su control de Lengua con un cuarto de hora de adelanto sobre el horario. Un poco más de tiempo para pensar, redactar, repasar.
Los padres, algunos padres, los que iniciaron las quejas en el Consejo Escolar por la reiterada vulneración de los horarios aprobados por el centro por parte de algunos profesores, se hacían la pregunta de por qué los alumnos pedían hora y media cuando las pruebas deberían estar pensadas para ser resueltas en menos de una hora.
La respuesta cambia según las parroquias. Una de las quejas reiteradas a lo largo de toda la semana era que algunos Departamentos forzaban tanto la máquina que no había forma de que los alumnos pudieran completar las pruebas en los tiempos normales. Algunos alumnos, en voz baja, confesaban que ellos no tendrían problemas en hacer exámenes de cincuenta y cinco minutos, pero que daban esa batalla por perdida, y conscientes de que tendrían que enfrentarse a una batería de preguntas que requeriría más tiempo, preferían ir a lo práctico. Pedir más tiempo.
En el fondo, más si se tiene en cuenta que la parte más significativa de esta revuelta la protagonizaron los alumnos de segundo de Bachillerato, está la Prueba de Acceso a  la Universidad. Muchos de los estudiantes del Aramo que durante toda la semana insistieron en su petición de utilizar horas por la tarde para subir nota o realizar pruebas sin límite de tiempo indicaban que su situación nada tenía que ver con las de los críos de ESO, que están en el centro obligados. «Nosotros», decía una alumna, «hemos querido quedarnos, queremos ir a la Universidad, estamos a punto de cumplir 18 años y es nuestro problema si acordamos con el profesor otro tipo de pruebas».
Los exámenes en la PAU son, efectivamente, más largos. De hora y media. Y ese fue otro de los argumentos de los alumnos y alumnas movilizados a la hora de exigir que se les dejase realizar pruebas más largas.
Pero también hay un problema añadido. Con exámenes difíciles y un poco más de tiempo, admitía otro estudiante, se consigue subir la media de la asignatura. Las cosas no están como hace unos años y ahora la nota media suele ser decisiva. En los centros donde más se exige y menos se aprueba, la media se resiente. Y también el acceso a la Universidad. La opción, algunas veces, es el cambio de Instituto. Pero lo que sorprendió en la revuelta de los del Aramo fue escuchar a una estudiante de 16 años decir que ella no tenía problemas, que si estaba allí era porque quería prepararse bien, que era consciente del nivel alto, que había que trabajar duro y todas esas cosas.
Su relato, la verdad, poco tiene que ver con la radiografía habitual que la sociedad proyecta de la juventud. Puede que lo del Aramo sea un caso aparte. Puede que, como aseguran otros, otra mayoría no esté de acuerdo y simplemente pida pruebas justas. Pero sea en uno u otro sentido, en la revuelta de este Instituto ovetense late la idea de una juventud que, a un paso de jugarse una parte importante de su futuro, exige que se le den las riendas. Quieren el control de sus normas y lo quieren ya. No son la generación ni-ni (ni trabajo, ni estudio). Su lucha es afirmativa. Saben dónde están y unos y otros creen saber también lo que quieren. Lo mejor, dicen ahora que pueden volver a examinarse con calma, es que pensaban que nadie les haría caso. Y la que se montó.