sábado, 29 de mayo de 2010

Martin Gardner, el escéptico incansable


"Más allá del cálculo, estoy perdido". Martin Gardner aseguraba que el éxito de la columna sobre juegos matemáticos que firmó en la revista Scientific American entre 1957 y 1981 se debía a sus escasos conocimientos de esa disciplina. "Me llevaba tanto tiempo entender aquello sobre lo que escribía que aprendía cómo escribirlo para que la mayoría de los lectores lo entendieran. Si hubiera sido mejor matemático, no podría haberlo hecho". Su muerte hace una semana, a los 95 años, ha dejado a las matemáticas sin el hombre que las hizo atractivas para decenas de miles de personas en todo el mundo y a la ciencia sin su principal defensor ante los embates de la sinrazón.
Martin Gardner nació en 1914 en el seno de una familia acomodada en Tulsa, Oklahoma (EE UU). "Cuando crecí en Tulsa, se la llamaba la capital petrolera del mundo. Ahora, se la conoce por ser el hogar de Oral Roberts (un teleevangelista). Eso demuestra hasta qué punto Tulsa ha ido cuesta abajo". Su padre era un geólogo petrolero panteísta; su madre, una devota metodista; y la escuela dominical echó al niño Martin en brazos del fundamentalismo creacionista de George McCready Price, quien postulaba que todos los fósiles databan de tiempos del Diluvio. "Esto causó a mi padre una gran angustia", recordaba hace nueve años.


Fascinado desde la infancia por el ajedrez, el ilusionismo y el mundo de Oz, creyó que la Biblia era la palabra de Dios y dudó de la validez de la teoría de la evolución hasta la adolescencia. "Los cursos de Geología y Biología en la Universidad de Chicago abrieron mis ojos a las evidentes falacias de los libros de Price". Entonces, decidió no volver a aceptar ninguna afirmación extraordinaria sin saber lo suficiente de la disciplina científica implicada.
Se licenció en Filosofía y optó por convertirse en escritor profesional porque no se veía dando clases. Cuando estalló la Segunda Guerra Mundial, pasó de la oficina de prensa de la Universidad de Chicago a servir en el US Pope, un destructor que hacía labores de escolta en el Atlántico. De vuelta a casa, vendió sus primeros textos y en 1950 The Antioch Review publicó su artículo "Científicos ermitaños", centrado en el análisis de chifladuras como la recién nacida dianética de L. Ron Hubbard. Fue su primer ensayo sobre pseudociencia y llevó a un agente literario a animarle a escribir un libro. Así nació In the name of science (1952), rebautizado en 1957 como Fad and fallacies in the name of science(Modas y falacias en el nombre de la ciencia).
"Martin Gardner es el faro más brillante en defensa de la racionalidad y la ciencia contra el misticismo y el anti-intelectualismo que nos rodean", escribió en 1982 el paleontólogo Stephen Jay Gould. Fad and fallacies fue el primer libro de crítica científica de lo paranormal, algo en lo que fue un pionero. No en vano, creía que "una de las mejores maneras de aprender algo sobre cualquier rama de la ciencia es descubrir en qué se equivocan sus chiflados".  Él lo hizo hasta el final desmontando mitos como la Atlántida, la percepción extrasensorial, los platillos volantes, la homeopatía… Diez días antes de morir, envió su último articulo sobre lo paranormal a The Skeptical Inquirer, la revista del Comité para la Investigación Escéptica (CSI).

Junto con sus amigos Isaac Asimov y Carl Sagan, fundó en 1976 el CSI -entonces CSICOP-, una organización dedicada a la denuncia de la pseudociencia en la que se volcó una vez que abandonó su columna sobre matemáticas en Scientific American. "Los científicos y los que escriben sobre ciencia tienen la obligación de denunciar los errores de la falsa ciencia, sobre todo en el campo de la medicina", decía. Buena parte de sus textos sobre pseudociencia pueden leerse en español en sus libros La ciencia. Lo bueno, lo malo y lo falsoLa nueva era, Extravagancias y disparates y ¿Tenían ombligo Adán y Eva?.
Cuando en 1956 recibió una oferta para escribir una columna mensual sobre juegos matemáticos en Scientific American, vivía en Nueva York, donde trabajaba para un revista infantil, y no sabía de esa disciplina nada más allá de lo que había aprendido en la escuela. Así que salió inmediatamente de librerías a la caza de obras de segunda mano sobre matemática recreativa. Publicó su primera columna en enero de 1957 y la última en 1981. "Si las lees en orden cronológico, verás que las primeras tienen un nivel muy elemental frente a las últimas".

Su libro más vendido es Alicia anotada. En él, descubre los conceptos matemáticos, mensajes codificados y jugadas de ajedrez ocultas en la obra de Lewis Carroll. Y su libro más  querido, de los más de setenta -muchos sobre juegos matemáticos- que publicó, Los porqués de un escriba filósofo, en el que se define como teísta filosófico, sin afiliarse a ninguna religión. "Estoy muy satisfecho de confesar con Unamuno que no tengo fundamentos de ninguna clase para mi fe en Dios, aparte de un deseo vehemente de que Dios exista y de que yo, y otros, no dejemos de existir".
"Martin Gardner es uno de los grandes intelectuales que ha producido Estados Unidos en el siglo XX", según el científico cognitivo Douglas Hofstadter. No es una opinión aislada. El lingüista Noam Chomsky mantiene que "su contribución a la alta cultura contemporánea es única en su alcance, penetración y comprensión de las preguntas difíciles que realmente importan", y el escritor de ciencia ficción  Arthur C. Clarke creía que era "un tesoro nacional americano" y sus libros tenían que ser de lectura obligatoria en los institutos.

Publicado originalmente en el suplemento Territorios del diario El Correo.