martes, 27 de julio de 2010

Condenado el horror jemer


Costaba ver en ese hombrecillo enjuto y sereno, antiguo profesor de matemáticas y cristiano reconvertido, que repartía respetuosos saludos con la cabeza inclinada y las palmas de las manos juntas a través del grueso cristal antibalas que le separaba del público en la apertura del juicio, la esencia de la maldad humana. Kaing Guek Eav, más temido como Duch, escuchó impertérrito la sentencia ayer, un año después: 35 años por crímenes de guerra y contra la humanidad.
Camboya había esperado más de 30 años la primera condena por el horror jemer, pero no fue un día jubiloso. Muchos familiares de víctimas juzgaron escasos los 35 años a cambio de dirigir la exterminación de 16000 camboyanos en la cárcel de Tuol Sleng o S-21. Cada muerto le sale a dos días de prisión, hacían cuentas.
Duch ha pasado ya 11 años en la cárcel y el tribunal ha considerado su detención ilegal y actitud colaboradora, así que solo cumplirá otros 19 años. No es biológicamente descartable que Duch, de 67 años, pise un día la calle. «Estoy llorando otra vez. Fui una víctima entonces y hoy vuelvo a serlo» dijo Chum Mey, uno de los siete supervivientes de la S-21.
Duch había reconocido su culpa y mostrado arrepentimiento al inicio del juicio. Incluso se ofreció a un apedreamiento popular. Después ofreció una imagen más acorde a lo esperado, puntualizando con suficiencia a jueces y abogados. Cuando pidió su absolución el último día, muchos dudaron de la honestidad de su remordimiento. Duch siempre alegó que cumplía órdenes y que lo contrario le habría llevado a él y a su familia al cadalso. Duch diseñó la maquinaria exterminadora de la S-21, una cárcel secreta donde se torturó a miles de camboyanos. Con las uñas arrancadas, el cuerpo destrozado por golpes o descargas eléctricas, los detenidos confesaban ser espías de la CIA, el KGB o cualquier sigla que no hubieran oído antes y delataban a familiares o amigos, inminentes inquilinos de la S-21.
Duch reconoció recientemente que no había respuesta salvadora.Tras meses de interrogatorio, eran conducidos a medianoche en camioneta a los campos de exterminio de Choeun Ek, donde se han censado 120 fosas comunes.
Las negociaciones para formar el tribunal mixto entre la ONU y Camboya se alargaron más de una década por discusiones técnicas que evidenciaron la escasa predisposición de Phnom Penh. Su propósito, conseguido en buena parte, es que la muerte natural de los jemeres rojos solucione el problema.
Pol Pot y Ta Mok, principales cabecillas, fallecieron en la jungla sin rendir cuentas. Esperan en el banquillo cuatro octogenarios achacosos: Khieu Samphan, expresidente; Nuon Chea, ideólogo y hermano número dos; Ieng Sary, exministro de Exteriores, y su esposa Ieng Thirit. El Gobierno adelgazó la originaria lista de acusados pretextando la reconciliación nacional. También influyó que muchos de sus integrantes son exjemeres rojos, empezando por su primer ministro, Hun Sen. Entre 1975 y 1979 los jemeres rojos mataron a casi dos de los siete millones de camboyanos. Hoy cuesta encontrar a alguien en el país que no perdiera a varios familiares, ejecutados o muertos por hambre o el trabajo esclavista.
El demencial sistema ultramaoísta abolió religiones, ciudades, moneda, familia y escuelas con el fin de alcanzar la utopía agraria.

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