domingo, 15 de mayo de 2011

Eleonor Harboure, en la cúspide de la comunidad matemática en Argentina


Eleonor Harboure empezó por rememorar su infancia en la misteriosa y cosmopolita Buenos Aires que la vio nacer. “Mi papá veía llegar al puerto los inmigrantes polacos con sus bebés rubios. Como yo tenía ese aspecto, entonces comenzó a decir: ‘Mi hija parece una polaquita’. De ahí me quedó el apodo de Pola”. Luego su recuerdo salta a las calles de Minnesota, adonde sobrevivió cuatro gélidos inviernos mientras se doctoraba en Matemática. Corrían los años ‘70; era muy joven, recién casada y con un bebé de meses. El destino quiso que retornara a la Argentina, y que apostara a una propuesta de trabajo en Santa Fe. Los primeros pasos en su carrera fueron sacrificados. Pero a la larga, todo valdrá la pena.
Dicen que el presente es la síntesis de cada historia biográfica. A Eleonor Harboure su presente la encuentra con el merecido reconocimiento a tanto esfuerzo bien habido, a tanta luchada trayectoria. La científica fue recientemente promovida a la máxima categoría de investigación que otorga el Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas - Conicet - (Investigadora Superior) en el área de las ciencias matemáticas. Y se convirtió así en la primera mujer dentro de su disciplina que llega a esa escala a nivel nacional. Autoridades de la sede local de la institución le entregaron días atrás el pin dorado, un pequeño distintivo con el logo del Conicet que simboliza -nada más y nada menos- el honor de estar en la cúspide de la comunidad científica de pertenencia.
Harboure es integrante del Instituto de Matemática Aplicada del Litoral (IMAL) Conicet/UNL de la ciudad capital, institución de la que fue una de sus fundadoras en 1999, y también directora. “Al principio éramos sólo dos. Todo parecía ser como una semillita que con tiempo de germinación se transformaría en instituto”. Hoy, entre becarios, investigadores y personal de apoyo, el Instituto cuenta con unas 40 personas: “Para mí es un gran orgullo haber contribuido a impulsar el IMAL”, destaca.
Sobre su escritorio hay un cuaderno con números garabateados y fórmulas complejas. El cálculo sometido al rigor de la prueba constante. En la pared de atrás, mirando altivo, Albert Einstein y una cita suya: “No te preocupes por tus dificultades en matemática; te aseguro que las mías son todavía mayores”. Como si la frase resultara un consuelo intelectual en los momentos en que la investigación de la ciencia exacta cierra el camino del entendimiento. Aquí hacemos matemática pura, que por sí misma no genera una conocimiento aplicable en la práctica (no está orientada directamente a una aplicación)”, explica Harboure. La matemática está presente en todos lados, es algo que avanza y, de repente, “genera interconexiones con cosas que ya estaban hechas. Es ese contacto con otra disciplina lo que puede llevar, con el tiempo, a fructificar en alguna aplicación práctica para la vida cotidiana. Por ejemplo, recordemos lo que fue en los ‘70 la tomografía computada. Esa aplicación nació de un conocimiento que había desarrollado un científico matemático, y que luego se conectó con otra disciplina. Se descubrió que ese saber matemático puro, en conexión con otro saber, podía dar lugar a la creación de una aplicación práctica, es decir, a un aparato que midiera la densidad de tejidos del cuerpo humano (la tomografía)”.
¿Qué lugar tiene la mujer hoy en las ciencias, y particularmente en el campo de la matemática? Para Harboure “ese lugar hoy es promisorio. Actualmente hay un cambio: si recorrés los pasillos del Conicet, verás que está lleno de mujeres. Actualmente hay un montón de chicas jóvenes que están haciendo su doctorado”, expresó.
La investigadora concluyó que unas décadas atrás, por una cuestión sociocultural, las mujeres iban más a las ciencias sociales y a ciertas disciplinas determinadas. “En nuestro medio hubo mujeres que decidieron seguir con la investigación en matemática, pero por alguna razón o se quedaron en la universidad y no hicieron carrera en el Conicet, o bien emigraron al exterior. En la actualidad hay un cambio, gracias al cual el abanico se abre y las mujeres apuestan a otras carreras que tradicionalmente eran de hombres. Y eso es bueno”, concluyó.
Recordemos que Eleonor Harboure es docente e investigadora del IMAL, Harboure se doctoró en Matemática en la Universidad de Minnesota (EE.UU.), y vino a Santa Fe a fines de los ‘70. Tiene 62 años, está casada y tiene tres hijos. Da clases en la FIQ, en las carreras de ingeniería, en la Licenciatura en Matemática, y también en la Maestría y Doctorado en Matemática. Además de la matemática pura, tiene una muy especial afición por la literatura.
Ante la pregunta:
- Como docente, ¿cómo observa el aprendizaje de las matemáticas en los primeros años de la universidad? ¿Cómo llegan preparados los alumnos de la secundaria?
Responde:
- Se notan dificultades, sobre todo al momento de comprender qué es lo se les está pidiendo, cuál es la tarea, la consigna. Y también en el razonamiento: los chicos no están acostumbrados a razonar, y la matemática demanda mucho de razonamiento. Da la impresión de que las dificultades emergen en el secundario, y se prolongan en la universidad. Hay un pozo negro en el nivel medio. Y por eso hay tanta deserción, porque los chicos encuentran un salto muy abrupto. Y la matemática les termina ganando.