lunes, 22 de agosto de 2011

¿Llenamos de actividades a nuestros hijos e hijas en su tiempo libre?...


Para muchos padres y madres modernos, la crianza de sus hijos e hijas implica una logística impresionante para que ellos cumplan actividades extracurriculares. Son jornadas que comienzan a las seis de la mañana para ir al colegio, continúan cuando las mamás o papás los recogen para ir a clases de refuerzo de inglés, ballet, equitación, pintura, matemáticas, música, artes marciales, fútbol o natación. Y solo terminan a las siete de la noche, cuando llegan a casa, pero a hacer tareas. Los niños no tienen tiempo ni de cambiarse o comer y, como es de esperarse, terminan rendidos, como sus padres, por el estrés de llegar oportunamente a todas partes.

En medio de esa tensión, es difícil tener tiempo de calidad para conversar con ellos. Y bajar el ritmo no es una opción. Para la psicóloga María Clara Arboleda, esta historia es común en familias de cierto nivel económico y social en las que ambos padres trabajan y sienten que si sus hijos desde muy pequeños tienen actividades fuera del colegio, van a estar mejor preparados en el competido futuro laboral que les espera. Por eso, cada vez comienzan más temprano. Hay jardines infantiles que les enseñan a niños de 2 años matemáticas, filosofía y yoga. "Las actividades no son buenas ni malas -dice Arboleda-, pero cuando los papás exageran, impiden que el niño tenga tiempo libre, que también es necesario".

Hace unos años, la revista Pediatrics, de la Sociedad Estadounidense de Pediatría, publicó un artículo en el que señala que el tiempo para el juego libre ha disminuido en los países occidentales, a pesar de que es "esencial porque contribuye al desarrollo cognitivo, físico, social y emocional del niño y es una oportunidad para que los padres se involucren con ellos". Y en una reciente investigación, Hyung Hee Kim, del College of William and Mary, encontró que la creatividad de los niños había disminuido desde 1990. Entre las causas está la agenda apretada de actividades extracurriculares, que los deja sin espacio para los juegos tradicionales.
A pesar de las buenas intenciones, varias investigaciones recientes señalan que esa inversión de tiempo y dinero es inútil. Según Steven D. Levitt, autor de Freakonomiks, no hay evidencia de que las decisiones que toman los padres por sus hijos tengan un impacto en su futuro éxito. Por el contrario, Levitt cree que debe haber una correlación negativa cuando los niños tienen agendas tan apretadas, porque "salir corriendo de una clase a otra no es la manera como ellos quieren pasar la vida", dijo en una entrevista radial. Otro economista, Bryan Caplan, autor del libro Selfish Reasons to Have More Kids, explica que los niños no son como plastilina que se moldea para toda la vida, sino plástico que se flexiona con la presión pero vuelve a su forma original cuando se suelta. Su tesis se apoya en la genética del comportamiento, un campo que usa modelos matemáticos para comparar la similitud entre gemelos idénticos y mellizos, y la suerte que corren cuando son adoptados. En la muestra estudiada por Caplan, los gemelos separados por adopción, pese a que fueron criados de manera diferente, eran similares en casi todo: su felicidad, posición social e ingreso. Esto lo llevó a concluir que, al menos en la crianza, pesan más los genes que el ambiente en el que crecen. En cuanto a la educación, el tema no es tan claro. Un trabajo entre dos mil niños suizos adoptados mostró que 10 por ciento de ellos tienen más posibilidades de ir a la universidad si sus padres adoptivos hicieron lo mismo. Sin embargo, otros, como el Estudio Nacional Longitudinal de Salud Adolescente, que abarcó a 1700 niños y niñas, encontró que los genes tenían un gran efecto en las notas, pero no así la influencia de los padres pues las calificaciones de los niños criados en la misma familia eran tan distintas como las de dos extraños.
Los expertos creen que los padres repletan la agenda de sus hijos, en parte, por presión de grupo. "Cuando las mamás oyen que otras mandan a su hija a ballet, a equitación, a matemáticas, sienten que no se pueden quedar atrás", dice Arboleda. Pero también lo hacen porque, inconscientemente, sienten culpa de dejarlos solos mientras trabajan y creen que la mejor manera de expiarla es inscribieendolos en estas clases, en las que saben que estarán bien y, de camino, van a aprender. Según Richard Louv, autor del libro The Last Child In The Woods, la falta de tiempo es uno de los factores que más han obstaculizado que los niños y niñas jueguen al aire libre y tengan un respiro de las actividades académicas. Los padres, que cada día trabajan más, quieren que sus hijos también aprovechen cada minuto en cosas productivas. Desde 1981 hasta 1997, Louv encontró que el tiempo que los niños dedican a estudiar ha aumentado el 20 por ciento. Y aunque entiende que estudiar no es malo, "con tanta presión, se pierde la posibilidad del tiempo libre y del juego natural". El otro factor, para Louv, es la idea de que la calle es más peligrosa que antes, lo cual ha hecho que los padres prohíban a los hijos jugar en el vecindario y prefieran todas sus actividades en lugares cerrados.
William Doherty, autor del libro Take Back Your Kids, dice que la idea de descubrir los talentos ocultos de los hijos lleva a los padres a llenar su tiempo con cursos. "No hacerlo sería como fallarles a los hijos o ser la peor mamá", dice. Eso piensa María Gómez, una madre trabajadora que tiene un hijo de 5 años. "Hay que meterlo en todo para detectar desde pequeños sus talentos y desarrollarlos", señala. Para otras, es una ayuda para forjar la personalidad. Sandra López ha matriculado a su hijo Daniel, de 4 años, en clases de estimulación temprana, natación, fútbol, música, gimnasia olímpica a caballo, terapia ocupacional, inglés, yoga y pensamiento creativo. En esta última, los niños reflexionan ante obras de pintores famosos. López cree que estas clases le ayudan a su pequeño a ser más creativo y crítico, y que en el caso de los deportes, le fomentan la disciplina. "Es un esfuerzo grande, pero hay que hacerlo para que ellos tengan la oportunidad y luego escojan lo que les gusta". Estas actividades lúdicas se combinan con terapias y refuerzos de materias, a veces sugeridos por los mismos colegios. Liliana Lozano tenía a sus dos hijas en ballet y natación, pero cuando en el colegio le dijeron que la mayor necesitaba terapia de lenguaje y ocupacional y refuerzo en matemáticas, inglés y ciencias, tuvo que concentrarse solo en lo académico. "Fueron los peores años de mi vida -recuerda-. Y para las niñas también, porque teníamos que correr de una clase a otra y llegar a la casa a hacer tareas. Terminábamos rendidos a la medianoche". El otro asunto es que las terapias y actividades son costosas. Cuando Liliana hacía cuentas con su marido, parecía que tuvieran cuatro niñas y no dos. "Todo esto cuesta mucho billete -dice María Gómez-, pues lo extracurricular es como otro colegio".
Para María Clara Arboleda, es conveniente no presionar a los niños para acelerar su desarrollo, pues no necesariamente se van a volver más brillantes, sino todo lo contrario. "Algunos en la adolescencia se rebelan y se dan cuenta de que no saben manejar el tiempo de ocio ni la soledad, porque sus padres nunca los dejaron", dice. Caplan propone que los niños den la medida . Si ellos disfrutan la actividad, es bueno que sigan en ella, "pero los papás tienen que saber que eso no va a tener mucho efecto en su vida futura", pues en sus investigaciones ha encontrado que este tipo de decisiones académicas es irrelevante, pero los momentos felices que los niños pasan en familia sí perduran. "Para mí, lo que cuenta es ser amable y cariñoso con ellos y no presionarlos para que hagan un proyecto científico perfecto". Y para que tengan éxito y sean inteligentes, señala Caplan, solo hay una opción: encontrar la pareja con los rasgos que usted quisiera tener en sus hijos. La genética se encargará del resto.