jueves, 1 de febrero de 2018

Ataque a la razón

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Albert Einstein fue galardonado con un Premio Nobel, no por su trabajo sobre la relatividad sino por su explicación del efecto fotoeléctrico. Ambos fueron publicados en 1905, pero el premio le fue entregado 17 años después al sostener el Comité Nobel que la relatividad aún no se podía probar. Los filósofos de la ciencia han siempre argumentado que, para que una teoría sea considerada como científica, debe ser comprobada por la observación. Sobre la base de su teoría, Einstein predijo que la luz de las estrellas estaba siendo desviada por el sol en grados específicos, predicción que pudo comprobarse décadas después tras la llegada de instrumentos precisos de medición que validaron los resultados de su publicación.
Las matemáticas, tan a menudo en combinación con las ciencias, en realidad se adhieren a un estándar completamente diferente. Un teorema matemático nunca necesita un experimento para respaldar su validez. Las matemáticas son diferentes a las ciencias en que ningún hallazgo empírico puede cambiar un teorema matemático en un ápice; es verdad para siempre. El razonamiento matemático es algo dado y entendido por todos los matemáticos, porque el razonamiento matemático es, más que un razonamiento lógico, una cosa universalmente compartida. Nuestra educación en las matemáticas nos ha dejado un profundo respeto por la distinción entre relevancia e irrelevancia al hacer un argumento razonado.
Estos son los estándares del progreso intelectual humano. La sociedad, sin embargo, tiene que lidiar con hechos controvertidos. Vivimos en un mundo posverdad en el cual los hechos se tuercen deliberadamente para servir a fines políticos o comerciales. Si los fabricantes de alimentos procesados hacen ver que sus productos unen y hacen felices a las personas, no importa la cantidad de elementos científicos que corroboren que el aumento de comida procesada es una causa de la epidemia global de obesidad.
Pero no hay nada particularmente nuevo sobre esta distorsión. En su obra histórica, Public Opinion, publicada en 1922, el formidable periodista estadounidense Walter Lippmann reflexionó sobre el particular: ‘El proceso por el cual surgen las opiniones públicas es bastante claro... Está ocurriendo una revolución, infinitamente más significativa que cualquier cambio de poder económico… Bajo el impacto de la propaganda, las viejas constantes de nuestro pensamiento se han convertido en variables. Ya no es posible, por ejemplo, creer en el dogma original de la democracia; que el conocimiento necesario para la gestión de los asuntos humanos surge espontáneamente del corazón humano. Donde actuamos según esa teoría, nos exponemos al autoengaño y a las formas de persuasión que no podemos verificar. Se ha demostrado que no podemos confiar en la intuición, la conciencia o los accidentes de una opinión casual si queremos tratar con el mundo que está más allá de nuestro alcance'.
Todos tienen derecho a su propia opinión, pero no a sus propios hechos', como decía el senador estadounidense Daniel Patrick Moynihan. Ninguno de nosotros está en posición, sin embargo, para verificar todos los hechos que se nos presentan. En algún lugar, cada uno trazamos una línea y decidimos diferir con fulano, sultano o mengano. El día solo tiene 24 horas y reconocemos que algunos temas se encuentran fuera de nuestra experiencia o incluso de nuestra capacidad de comprensión.
Pero no son solo hechos los que se están cuestionados. También hay un ataque perturbador a la razón. La mayoría sabemos un poco sobre principios de razonamiento. Los aplicamos en nuestra vida diaria, generalmente sin reflexión. ¡Sí!, los científicos cognitivos nos dicen que los seres humanos somos irracionales y, si no somos esclavos de nuestras pasiones, como mínimo estamos guiados por un hermanamiento ingobernable de la razón y la emoción. Sin embargo, cada vez que nos detenemos y pensamos, somos capaces de ver errores básicos de razonamiento.
Por eso es fácil observar cuando los grandes poderes recurren a la práctica de descalificar una crítica atacando con preguntas redirigidas. Por ejemplo, cuando cuestionamos a las tabacaleras por la toxicidad de sus productos, la respuesta siempre viene acompañada de, ¿qué hay del contrabando o de la cantidad importante de plazas de trabajo que crean? Esta herramienta de debatir con preguntas redirigidas es solo una desviación. Pero tiene éxito como estrategia de comunicación porque no todos comprenden la irrelevancia del argumento y porque no todos entienden la importancia de un buen razonamiento. Por eso, frente al autoritarismo político y al encubrimiento comercial, la mejor táctica siempre será la razón, la lógica y la claridad de pensamiento.
Rafael Carles.

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